Entender el idioma político
Para aprender y entender más fácilmente el idioma político criollo, se puede apelar a recursos lúdicos para despertar interés, pues aunque la didáctica sea sospechada de infantil, se debe recordar que gran parte de las opiniones elaboradas para su difusión masiva responden a reglas pertenecientes a la propaganda política, cuyas reglas, que fueron diseñadas por regímenes dictatoriales entre 1917 y 1945, consideran que el hombre medio es intrínsecamente influenciable, por lo que los mensajes propagados se formulan para que los receptores los consideren como si fueran propios. De allí que el instrumento principal sea el eslogan, frase simplificadora breve y recordable. También mantiene vigencia Maquiavelo en cuanto a las actitudes humanas en pos de alcanzar y mantener el poder político, por lo que la “real politik” predomina sobre el idealismo moral, habitualmente usado solo para lo discursivo. La referencia lúdica surge de que el ejercicio consistirá en detectar entre los diversos mensajes y opiniones políticas, contradicciones, falacias, interrogantes y desinformaciones, siendo estas últimas valioso instrumento propagandístico.
La saturación y fatiga informativa causada por un sistema mediático fragmentado producto de los avances tecnológicos, que obliga al periodismo a competir con todo tipo de contenido digitales, pareciera conspirar contra este objetivo simplificador. Pero nuestro país presenta una situación favorable para analizar el desarrollo político- institucional hasta las elecciones nacionales de 2027, consistente en la presencia predominante de actores políticos, judiciales y sindicales vigentes desde casi tres décadas, lo que permite que los análisis se sustenten en conocidos nombres propios y fluctuantes alineamientos partidarios, en lugar de sumergirse en discutibles complejidades ideológicas. Las informaciones y opiniones a considerar surgirán de medios de comunicación reconocidos y preferentemente gráficos, evitando sospechas de autenticidad y noticias falsas, y los temas a tratar serán popularmente conocidos, evitando sofisticaciones argumentativas que no ejemplifican. En cuanto al periodismo profesional vale citar un consejo de Martín Baron, editor ejecutivo del Washington Post durante más de una década con varios premios Pulitzer, en un reciente reportaje: “Necesitamos una alfabetización mediática, y capacitar a las personas sobre cómo evaluar sus fuentes de información, de noticias, comprender que es una fuente creíble y que no lo es, y que tipo de preguntas deberían hacerse para distinguir unas de otras. En el Post tenemos más de mil periodistas. No necesitamos mil personas para inventar. Con diez nos bastaría”.
Sobre este consejo, podría utilizarse el caso Adorni para una cobertura similar respecto a las actuaciones judiciales de los casos “Mansión en Pilar – AFA”, y “Enriquecimiento ilícito de Martín Insaurralde”, replicando un seguimiento continuo y coordinación de datos nuevos, y en un pequeño recuadro diario en tapas de periódicos, detallar cuantos días van transcurriendo desde el inicio de los expedientes sin que los testaferros de la Mansión e Insaurralde sean
citados a declarar, pues ambos casos exhiben una complicidad o ineficacia judicial ostensible.
Como inicio del ejercicio lúdico se toman dos referencias. La primera refiere al clásico eslogan de campaña “terminar con la casta”, promovido por Milei. Teniendo presente que los eslogans no explican, sino se diseñan para impactar masivamente desde lo emocional, instalarlo en un país empobrecido con las principales dirigencias vigentes por décadas, fue eficaz en términos de campaña, por asociarse el término “casta” a lo perenne y privilegiado, como abolengo, linaje, alcurnia. Pero que hoy reconocidos periodistas señalen irónicamente a Milei por incluir en su gobierno a “castas”, es menospreciar a los ciudadanos, pues en un sistema democrático se debe cohabitar con quienes ocupan cargos electivos, y los que surjan de acuerdos interpartidarios. En todo caso, lo prioritario sería convencer a las castas electivas para votar leyes transformadoras. El término adecuado y vigente sería el de “familias”, siendo el ejemplo más típico la familia judicial, poder en el que no se ingresa por concurso sino por recomendación, vulneración constitucional que no provoca amparos. Como dato de color, hasta el dirigente gremial judicial está casado con una jueza.
La segunda referencia supone un abusivo e incorrecto uso del término “escándalo”, término que define alborotos, grescas, tumultos y desordenes producidas entre ciudadanos en general, y pertenecientes al mundo del espectáculo. Pero la farandulización de determinados políticos y periodistas provocó que se llame escándalo a cada hecho de corrupción política de modo individual, cuando su reiteración hace que el escándalo sea uno solo: el funcionamiento institucional, y las impunidades judiciales.
Buenos Aires, 15 de julio 2026

Alberto Landau
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