Insultos, rumores y engaños

Adaptarse al debate político vigente, en un contexto comunicacional en el que conviven necios con pensadores, delirantes con analistas, y ciudadanos comunes con manipuladores de opinión, implica clarificar el significado de las palabras claves que marcan los temas que ocupan amplios espacios periodísticos, para recién entonces intentar detectar contradicciones, omisiones y falacias en los mensajes y opiniones de políticos, analistas y comunicadores.

Cabe comenzar por el insulto, dados los indignados comentarios que provoca en los adherentes al buen uso del lenguaje, en especial cuando lo emite el presidente Milei. Pero para el análisis político insulto debe interrelacionarse con rumor, duda y mentira, obviando referencias sociológicas, costumbristas y generacionales. Con diccionario en mano, se indican sus significados básicos. Insulto consiste en decir o hacer algo hiriente para provocar o irritar a alguien; rumor es una información sin confirmar diseñado para ser creída, y que se asocia a la duda, que se genera cuando no se tiene una prueba clara de que algo sea verdad. Por último, la mentira se formula para presentar algo falso como verdadero. Pero cuando estos términos se vuelcan al debate político, surgen interrogantes: ¿el rumor podría encubrir un insulto, y la duda una mentira? Para intentar una respuesta comprensible, se apela a ejemplos públicos recientes.

Durante un reportaje radial en la sede de La Rural durante su exposición anual, el presidente Milei al observar al ex ministro Ignacio de Mendiguren transitando por el predio, lo tildó de “ladrón”, en referencia a su rol en el diseño de la pesificación asimétrica en febrero de 2002 durante el gobierno de Duhalde, que produjo una gran licuación del pasivo en dólares de grandes empresas, y en paralelo, depreciación de los ahorros de particulares. No tardó la réplica de Mendiguren en diversos medios, mencionando la explosión de la convertibilidad, omitiendo decir que la instaló el justicialismo, y criticando a funcionarios de De la Rúa, entre ellos a Patricia Bullrich. Pero nada dijo de los efectos de la pesificación asimétrica. Lo que ratifica que el insulto aporta al escándalo, al conflicto, a irritar, pero no a clarificar temas.

Esta estrategia también se puede asociar a la hipocresía. En el año 2024 el director de Editorial Perfil, Jorge Fontevecchia, formuló una denuncia contra el presidente Milei por haberlo llamado “periodista ensobrado”, aduciendo un significado ofensivo que afectaba su reputación, denuncia que fue rechazada por el juez federal Ramos al amparo de la libertad de opinión. Pero meses más tarde, con motivo de la causa Andis por pago de sobreprecios, la tapa de la revista Noticias perteneciente a su grupo, se tituló “Karina Milei: la cajera”, planteando una incongruencia: ¿ensobrado es agraviante y cajera no?

El rumor, que es el medio de comunicación más antiguo del mundo, consiste en informaciones que no son verificadas y pueden considerarse falsas, por lo que el rol de un buen periodista supone chequear su veracidad, en especial cuando afecta a personas. Pero demasiadas veces se utiliza para encubrir al insulto bajo el ropaje de la sospecha. Se recuerda a Carlos Pagni cuando en relación al negociado del manejo de dólares del BCRA conocido como “rulo financiero”, afirmó que “hay infinidad de versiones que aseguran que, a través de Massa y su entorno, parte del dinero llegó a manos de los hermanos Milei”. De este modo, paradójicamente basado en “infinidad de versiones” sin aportes concretos, se puede decir que los hermanos Milei “podrían” ser ladrones, cómplices o coimeros, según se prefiera, cuando un circuito investigativo profesional debería transitar por autoridades del BCRA (facilitadores), Massa (intermediario) y hermanos Milei (beneficiarios parciales), y no a la inversa. Esta práctica del rumor, la sospecha y la mentira, es un conocido recurso mafioso que se potenciará durante la campaña electoral, en modo anónimo en redes, o con denunciadores legislativos seriales.

Un error no menor que cometen reconocidos intelectuales y comunicadores es el de afirmar que los insultos degradan la institucionalidad, pues quienes la degradan son los responsables del funcionamiento de las instituciones, ya sean malhablados o rigurosos cultores del buen decir, pero facilitan o participan de la corrupción, y promueven un andamiaje legal que protege elitismos, nepotismos y caudillismos. La historia registra que Sarmiento e Hipólito Irigoyen, entre otros, eran “puteadores” (perdón, malhablados), y no por ello afectaron la institucionalidad, sino que la enaltecieron.  La causa de la mansión en Pilar no la degradan Tapia y Toviggino, sino los jueces actuantes demorándola desde hace ocho meses, entre ellos los camaristas Lugones, Barroetaveña y Borinsky. No la degrada el ex jefe de gabinete Insaurralde investigado por enriquecimiento ilícito, sino los jueces Kreplak primero y Armella luego, quienes luego de tres años no lo citaron a declarar ni lo imputaron. Los insultos, cuyo fin es irritar provengan de donde provengan, no aportan a ningún esclarecimiento, como tampoco quienes usan una envidiable sintaxis escrita o verbal para confundir, ocultar o desinformar. Cual juego infantil, encontrar al lobo entre el bosque de las palabras, será el entretenido juego ciudadano a encarar.

Buenos Aires, 05 de agosto 2026